El camino se empinaba con los árboles desapareciendo y las rocas dominando el paisaje, como si el coche alunizase en lugar de llegar a las puertas de la urbanización. La caseta estaba iluminada y su resplandor la convertía en un módulo lunar varado en el Mar de la Tranquilidad, allí dormitaba el guardia que sacó su cabeza grande, como de casco de astronauta y guiñó el ojo a los ocupantes del vehículo, dejándolos pasar con un gesto al aire de su mano. Acaban de hacer el amor veinte curvas más abajo en el coche del padre de él, un Mercedes plateado que alumbraba con sus faros las mansiones de fachadas pastel y grandes abetos en sus jardines. La verja de una de ellas tenía escrita en hierro repujado la palabra Libertad. El coche frenó antes de chocar con el portón y una figura sin sombra salió del interior.
_ ¿Te veré mañana?- preguntó el conductor, que permanecía mirando a la muchacha que se aferraba a una carpeta violeta.
_ No, no creo. Ayer soñé que tenías un accidente. Derrapas en una de las curvas, bajando a la ciudad. Cuando encuentren al coche será demasiado tarde...
_ ¿Estás de broma, verdad?- esperó una respuesta y una sonrisa, ella aún estaba despeinada, con la ropa alborotada y el broche del sujetador roto.
_ Claro que sí, hasta mañana.
Las ruedas dejaron unas marcas a sus pies, la maniobra para tomar la vereda era complicada. Marcha atrás, luego giro a la derecha y enderezar rápido enfilando el camino de grava para salir de la urbanización de lujo. Cuando el Mercedes gris plata pasó por la caseta del guardián no había nadie, aceleró para dejar atrás el posible control. Las rocas de granito desnudas por siglos de viento y hielo eran gigantes dormidos, al fondo de la carretera se vislumbraba la primera curva, justo donde comienza el bosque.
Gustavo A. Ordoño Marín ©

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