Pablo Ibar, español condenado a muerte en los EEUU por un triple asesinato en 1994
59,9 SEGUNDOS
Casi estaba convencida, sólo faltaba engañar a la ley y al tiempo. Más bien a este último tuvimos que matarlo. Matar horas y minutos, calendario crucificado con aspas rojas, firmamento de estrellas que son días fugaces, meses convertidos en minutos. El año que celebró su boda tuvo veinte segundos para la ceremonia y cuarenta para la luna de miel. Un minuto justo, un año entero. Cuando encontraron los cuerpos mutilados de sus hijos, horrible minuto, la policía tardó sesenta segundos en acusarla de homicidio. Su marido ya no vivía con ellos. Ella aún lo amaba y por eso lloró más de un minuto cuando, delante del jurado, la llamó monstruo, asesina y mala madre. La sala se revolucionó en un gemido de odio y durante medio minuto el martillo del juez golpeó el roble de la justicia pidiendo orden, exigiendo detener esos segundos, unos treinta, que duró el escarnio público. Ahí fue donde intervine yo. Fue un décima de segundo la que me hizo entrar en esta historia.
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Me alegran sus visitas. No soporta verme con el traje naranja, dice que es porque se imagina con esa ropa, que sienta tan mal, que engorda y afea hasta convertirte en un guiñapo. Yo, ingenuo, espero que en el fondo sea porque ha empezado a amarme. Es la única visita que recibo. A mi abogado le he pedido que no recurra la sentencia, que no la aplace, que ni se acerque por la cárcel. Nunca hablamos de sus hijos, ni de las pruebas de las autopsias. La investigación del fiscal sigue acusándola. El dichoso ADN de ella, esa ficha de identidad que nos ha abierto un dios bromista, está por todas partes: en el arma homicida, en la sangre de las paredes, en el charco de la escalera, en la piel rosada y violeta de los niños desnudos. Me mira desde el otro lado del cristal de seguridad con los ojos de asesina arrepentida, con los ojos que yo debería tener. Ha vuelto a vestir con colores. Es casi verano y empieza a traer escotes. Me deja que le observe en silencio, que me lleve al otro mundo cada palmo de su cuerpo. Se lamenta de no haberme conocido antes. Dice que me habría amado, que yo sería el padre de los hijos muertos. Me estremecí. Yo, el asesino de mis propios hijos. Pedí que cambiásemos de tema. No le creo y no me atrevo a preguntarle si es cierto que me hubiera amado, si además de entregar su cuerpo me podía haber querido. No por lo que estoy haciendo por ella. Eso no me satisface. Me gustaría saber si ahora me ama, un poco, por mí mismo.
En el corredor de la muerte el tiempo es un verdugo más. Sus medidas se acortan como si los días que faltan hasta la ejecución fuesen los minutos de espera en un semáforo, sabes que no va a ser mucho, pero el momento de la luz verde nunca llega. En ese periodo de luz roja eres un zombi, ya estás muerto y sólo falta que el tiempo avance hasta el dedo del verdugo, hasta la milésima de segundo necesaria para electrocutar a un hombre. Dicen que la vida de uno pasa entera un instante antes de palmarla. En la celda de un condenado a muerte ese instante lo estás reviviendo a cada segundo. Es agotador. Deseo que llegue la hora fijada, esa que ponga fin y comienzo al minuto eterno donde aparecen mis padres, el beso a mi hermanastra, mi primera pelea, la violación de aquella joven que resultó ser una menor, mi primera condena, mi rehabilitación, mi ingreso en la compañía estatal de basureros, el alquiler de la casa frente a la suya, mis espionajes nocturnos, la obsesión por encontrar pertenencias de ella en su basura, mi deseo, mi secreto.
Un círculo rojo, remarcado varias veces, señala la cita con la silla eléctrica. Hasta ese punto hay un camino de cruces que se detiene justo en la cifra anterior. El funcionario saca el rotulador y hace la última aspa. El tiempo ya está muerto. Ella viene hoy a verme, quiere que le termine de convencer, que le vuelva a contar la historia que logró engañar al juez. Ha vuelto al luto, a los pañuelos grises que cubren su melena pelirroja como noches tapando atardeceres. Un año ha pasado en un minuto. Declararme único culpable aceleró la sentencia de muerte. Sin embargo ella aún duda, se resiste a salvarse gracias a mí. Tiene veinticuatro horas para contar la verdad o dejarlo como está. Nadie entiende que una madre visite al asesino de sus hijos. Cuando la descarga eléctrica me ase la ley archivará el caso y ella, por su bien, cambiará de ciudad, comenzará una nueva vida. Eso me cuenta. Le escucho y noto más cansancio que arrepentimiento en sus palabras. Está harta de esconderse de los vecinos, aburrida de pedir al taxista que la deje a dos manzanas de la prisión, para que no murmuren de sus visitas. Me indica que por fin los niños descansan juntos en el cementerio de la ciudad, que el fiscal ha dejado de analizar los cadáveres, que se da por vencido, que yo soy el asesino. Dice esto último en voz baja y el micrófono que le distorsiona me deja un eco de su mentira y la imagen de la verdad aparece reflejada en el cristal que nos separa. Su rostro es casi el mismo de la noche que rebuscaba en sus cubos de basura.
Encontré lo de siempre: jeringuillas usadas, frascos de medicina vacíos, restos de pizza, borradores de cartas a su ex marido, hojas con ejercicios de los deberes de sus hijos, juguetes rotos. Y si no hubiese ocurrido lo que después ocurrió, el traje muy usado de enfermera que encontré sería lo más interesante de aquélla noche. Estaba oliendo la blusa verde, buscando restos de su olor, cuando escuché el primer grito. Me acerqué a la ventana del salón y una de las niñas rodaba por la escalera con el cuello ensangrentado. Enseguida apareció ella con su otra hija en los brazos, estaba ya muerta, sin corazón. El niño, hijo mayor, un adolescente pelirrojo lleno de pecas intentaba abrir la ventana donde yo estaba mirando. No me veía, la oscuridad hacía del cristal un espejo y supongo que lo que vio fue a su madre agarrarle por el pelo y rebanarle la garganta.
Encontré lo de siempre: jeringuillas usadas, frascos de medicina vacíos, restos de pizza, borradores de cartas a su ex marido, hojas con ejercicios de los deberes de sus hijos, juguetes rotos. Y si no hubiese ocurrido lo que después ocurrió, el traje muy usado de enfermera que encontré sería lo más interesante de aquélla noche. Estaba oliendo la blusa verde, buscando restos de su olor, cuando escuché el primer grito. Me acerqué a la ventana del salón y una de las niñas rodaba por la escalera con el cuello ensangrentado. Enseguida apareció ella con su otra hija en los brazos, estaba ya muerta, sin corazón. El niño, hijo mayor, un adolescente pelirrojo lleno de pecas intentaba abrir la ventana donde yo estaba mirando. No me veía, la oscuridad hacía del cristal un espejo y supongo que lo que vio fue a su madre agarrarle por el pelo y rebanarle la garganta.
Aún hoy, poco antes de mi último minuto, no sé por qué forcé la ventana, me dirigí hasta ella y sin esfuerzo la arrebaté el cuchillo de cocina. Ya estaba tranquila, el efecto de las drogas había pasado. Apagué las luces del salón, me aseguré que nadie más había sido testigo y como dos recién casados subimos a su dormitorio. La desnudé en su cama. No la violé, lo juro, no fue contra su voluntad.
Cuando le hice el amor ella permanecía inerte, como muerta, tan solo susurró el nombre de su marido. Me marché y no la volví a ver hasta que el fiscal me llamó a declarar. Me habían detenido porque alguien me vio merodear por la calle del crimen. Creían que sería un testigo de cargo, una posible prueba de la acusación, pero tuve una décima de segundo que no controlé, que se convirtió en decisiva, como la que ella tuvo cuando empuñó el cuchillo de cocina. Confesé que esa noche había forzado la ventana de la casa y que fui matando a los niños para llegar hasta la habitación de la madre y violarla. No tardé más de un minuto en decirlo. El funcionario tardó lo mismo en atar mis tobillos y mis muñecas a la silla. Un destello. Una décima de segundo.
Un relato de Gustavo A. Ordoño ©

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