Prólogo
El prologuista Eduardo Gil, describe el entierro de J.R: “Su entierro en el gran cementerio de Thiais, al Sudeste del extrarradio de París, parece seguir un guión redactado por la propia pluma de J. Roth. El mismo día de su muerte hubo una tumultuosa reunión en el café de Tournon para decidir la pertenencia religiosa del difunto. Todos los que habían oído contar tantas leyendas sobre su vida y milagros se empeñaron en añadir un poco más de confusión a la ya creada. Paulina Kulka, judía bautizada, proclamó, como única pariente presente de Roth, que habría funerales católicos porque ése era el deseo de finado. Otros se inclinaron por la presencia de un rabino. Soma Morgensten y J. Gottfarstein proyectaron rezar ante la tumba la oración fúnebre hebrea.
Ante la tumba abierta se apretujaron monárquicos y comunistas, judíos orientales y católicos. De viudas hicieron la mulata Andrea Manga, la actriz Sybil Rares y la letona Sonja Rosenblum (añado que faltaba su única mujer “legítima”, se volvió loca y los nazis la aplicaron la eutanasia en el manicomio). No faltaban escritores, artistas, exiliados de Viena, Praga y Berlín, periodistas y apátridas desconocidos a los que Roth acompañó algún día a la prefectura de policía.
Oficiaban el canónigo Brennigmeyer y el vicario Österreichr, ambos conversos. Cuando el último se acercó a la tumba se elevó un murmullo desaprobatorio de un grupo de judíos orientales, algunos protestaban de viva voz y reclamaban la presencia de un rabino. En el momento en que el vicario consiguió imponerse e iniciar su sermón pasó un tren de mercancías por la vía pegante al cementerio, llenándolo todo de humo, traqueteo y silbidos estridentes. El tren que tanto amó Roth no podía faltar. El pretendiente al trono de Austria, el príncipe Otto, mandó a sus representantes con una corona que depositaron sobre el féretro, al mismo tiempo Egon Kisch se adelantó de las filas comunistas, lanzó un puñado de tierra a la tumba y gritó: “¡En nombre de tus colegas del SDS!”. Los ortodoxos se aproximaron a la fosa y comenzaron a orar en hebreo. Desanimado por la confusión, Gottfarstein renunció a cantar el kaddish. Los miembros de la Liga por la Austria Viva depositaron una corona con la inscripción: “A su presidente, gran escritor de Austria”. Los días siguientes se publicaron necrológicas de todos los colores. Zweig redactó la suya, desde Londres, y tres años después volvió a rememorar a Roth en su carta de adiós, antes de suicidarse.
La inscripción de la tumba, escueta y patética, decía:
Joseph Roth
Poète austrichien
Mort à Paris en exil
2.9.1894-27.5.1939
En 1970, el ministerio de Educación de Austria renovó su placa y, en letras de oro sobre mármol, convirtió al poète en écrivain y puso una fecha de nacimiento errónea. A veces también los ministerios imitan al arte.
Relato de El juicio de la historia. Escritos 1920-1939; de Joseph Roth. Ed. Siglo XXI, 2004

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