A Labordeta y a la vallekana...
Se dio cuenta que había envejecido cuando detuvo la mirada en sus manos. Tensaba las cuerdas de la guitarra y también sus venas se estiraron, eso fue lo primero que le llamó la atención ¿de dónde habían salido tantas venas? Luego las manchas, ¿cuándo aparecieron esas manchas en sus manos?; había una de ellas con cierto parecido al mapa de carreteras que llevaba en la furgoneta, un dibujo sobre sus nudillos que recordaba la geografía que su voz de protesta, su palabra de filósofo ingenuo, recorrían desde los veinte años por una región con nombre, con historia, con cultura, pero que él creía sin memoria, y lo que es peor, sin justicia.
Este trovador de pueblo y para el pueblo sacaba los altavoces, el amplificador, los micrófonos, los cables; ayudado por una mujer algo más joven que él. Pequeña y delgada, con el pelo muy corto, tanto que de espaldas parecía un muchacho enclenque apurado por el peso del altavoz que trastabillada cargaba hasta el escenario, que solía ser un diminuto altar hecho de pino, improvisado por los dueños del bar, el ataúd de sus versos, le llamaba el cantautor. Pero volvamos a sus manos. Sentado en la banqueta, afinando su guitarra descubrió que el paso del tiempo, tan cantado por él, se instaló en su piel y poco después en su alma, esa tarde de mayo, en la ciudad de provincias, en la plaza mayor, en el bar que le servía de sala de conciertos, en el escenario, en el cajón de muerto que crujía bajo sus pies.
Gustavo Adolfo Ordoño© (mayo 2006)