viernes 16 de marzo de 2012

El sueño eterno, de Raymond Chandler


"Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quien lo supiera. Era en todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares. "

El sueño eterno (fragmento) de  Raymond Chandler 

martes 13 de marzo de 2012

Rubias...



“Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter. Tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.

viernes 9 de marzo de 2012

El rencor del cantautor

                                                                                                                 
                                                                                                                 A Labordeta y a la vallekana...

Se dio cuenta que había envejecido cuando detuvo la mirada en sus manos. Tensaba las cuerdas de la guitarra y también sus venas se estiraron, eso fue lo primero que le llamó la atención ¿de dónde habían salido tantas venas? Luego las manchas, ¿cuándo aparecieron esas manchas en sus manos?; había una de ellas con cierto parecido al mapa de carreteras que llevaba en la furgoneta, un dibujo sobre sus nudillos que recordaba la geografía que su voz de protesta, su palabra de filósofo ingenuo, recorrían desde los veinte años por una región con nombre, con historia, con cultura, pero que él creía sin memoria, y lo que es peor, sin justicia. 

Este trovador de pueblo y para el pueblo sacaba los altavoces, el amplificador, los micrófonos, los cables; ayudado por una mujer algo más joven que él. Pequeña y delgada, con el pelo muy corto, tanto que de espaldas parecía un muchacho enclenque apurado por el peso del altavoz que trastabillada cargaba hasta el escenario, que solía ser un diminuto altar hecho de pino, improvisado por los dueños del bar, el ataúd de sus versos, le llamaba el cantautor. Pero volvamos a sus manos. Sentado en la banqueta, afinando su guitarra descubrió que el paso del tiempo, tan cantado por él, se instaló en su piel y poco después en su alma, esa tarde de mayo, en la ciudad de provincias, en la plaza mayor, en el bar que le servía de sala de conciertos, en el escenario, en el cajón de muerto que crujía bajo sus pies.

Gustavo Adolfo Ordoño© (mayo 2006)